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RELIGION
REFLEJADA EN EL CRP
La
religión reflejada en el crónlech ha sido
deducida, del significado astronómico de los
grupos de crp y de la toponimia, cuando se observan
correspondencias en ambos, y también de los sincretismos
que afloran principalmente en el santoral y en el arte
corres-pondientes al período de cristianización.
Se han encontrado equivalencias con las religio-nes
clásicas conocidas y, sobre todo, con las religiones
astrales.
El
belga Franz Cumont y su obra son referencia solvente
en materia de religiones astrales, de ella se puede
destacar: Astrology and Religion among the Greeks and
Romans, editada en 1912, de fácil obtención
en facsímile en algunas librerías de internet,
y Las reli-giones orientales y el paganismo romano,
editado por Akal Universitaria. La obra de Cu-mont,
además de erudita y bien documentada, derrocha
sentido común y tiene como obje-tivo fundamental
el conocimiento de la verdad. Son opiniones suyas:
·
"Babilonia fue la primera en erigir el edificio
de una religión cósmica..."
·
"Podría considerarse como hecho probado
que esta religión astral logró establecer-se
en el siglo VI a.C."
·
"Las nuevas doctrinas fueron reconciliadas o combinadas
con los viejos credos, co-locando la morada de los dioses
en las estrellas, o identificando aquéllos con
éstas."
·
"Una teoría astral del universo no es un
pensamiento popular, sino el resultado de un largo proceso
de razonamiento especulativo llevado a cabo en círculos
restringidos de enterados."
·
"Quizás en el esquema de concurrencias de
Babilonia llegaron tan lejos como divi-dir el firmamento
en países, montañas y ríos, correspondientes
a la geografía conocida por ellos."
·
"En Grecia la ciencia siempre permaneció
laica, en Caldea fue sacerdotal."
La
religión que muestra el crp, además de
en la toponimia de la que se hablará más
adelante, se manifiesta en el significado de algunas
estrellas representadas, en la repetida imagen de las
dos partes de la Vía Láctea cruzadas por
la eclíptica, consideradas puertas de tránsito
de las almas según numerosos autores clásicos,
como se puntualiza al tratar de los crónlechs
de Okabe y en el apartado en castellano de la segunda
entrega titulado Retazos para futuros Apéndices
(Religión).
La
época de construcción del crp -600 a.C.-
concuerda con la dada por Cumont para el establecimiento
de las religiones astrales.
Las
religiones astrales, en cuanto a soporte astronómico
se refiere, en un principio debieron de ser imprecisas.
El Enuma Elis y El libro de las pirámides manifiestan
una cla-ra inspiración astronómica, pero
hasta que no llegaron los conocimientos empíricos
pro-fundos, no matemáticos todavía, que
por ejemplo reflejan las tablas Mul-Apin y la astro-nomía
inicial griega de la que hemos hablado, no pudieron
existir auténticas religiones celestes. El crp
apunta a un entramado astronómico preciso, directamente
derivado de los conocimientos de la época en
esta materia, en tanto que las religiones de Mesopotamia,
de la península de Anatolia, de Asia Menor, de
la península Arábiga y de Egipto, algunas
de ellas con evidentes connotaciones astrales, dan la
impresión de ser anteriores y nacidas de unos
conocimientos astronómicos incipientes, a las
que con el transcurso del tiempo y la astronomía
empírica ya desarrollada se les intentó
dar un soporte astronómico ¿científico?,
con frecuencia cogido con hilvanes. Así, para
equiparar ciertos dioses con estrellas o planetas concretos,
en ocasiones los expertos sin llegar a un acuerdo, ofrecen
parangones diferentes. En cambio, en la religión
astral pirenaica se observa una cognición astronómica
superior de la que se deducen conclusiones sucintas.
El
origen de la religión astral pirenaica, parece
estar en el comienzo del crp -aproximadamente hacia
el 600 a.C.- y su declive se debió de iniciar
con la dominación romana para terminar con la
cristianización y los diversos sincretismos que
surgieron, el último de los cuales parece ser
la conversión de la antigua peregrinación
del Camino de las estrellas en el actual Camino de Santiago.
Del orden de mil quinientos años transcurrieron
entre el comienzo y fin definitivo de la religión
astral pirenaica. Y cerca de mil desde que Roma reconvirtió
el viejo credo del último paganismo, el astral,
que terminó fundiéndose con el cristianismo.
La fusión de esta religión pirenaica con
el cristianismo, sólo se está enunciando,
y tiene sus raíces hundidas en los aledaños
del Pirineo, en su paisaje, en sus ermitas, en las advocaciones
de éstas, en las repeticiones, orientaciones,
en el románico, en el arranque del Camino, luego
en el propio Camino hasta Santiago y Finisterre, etc.
La
información sobre la religión astral pirenaica
dimana de dos fuentes. La primera, del propio crónlech,
procedencia de la que se viene hablando desde el comienzo
del estu-dio, como se ha dicho, y la segunda de los
restos de aquel paganismo que podemos encon-trar en
los monumentos y vestigios cristianos posteriores. Resulta
impensable, tras ver el significado del crp, que la
elevada muestra de conocimientos y sensibilidad que
su cons-trucción supone desapareciese sin dejar
rastro. Entonces ¿dónde está esa
huella? Se diría que en la toponimia y, de forma
más clara, en el santoral cristiano, en las advocaciones
de los templos cristianos, en los emplazamientos de
éstos, en sus construcciones, altares, ima-ginería,
etc., y, como sucede con el crp, se llegará a
conclusiones definitivas después de realizar
un estudio individualizado de cada templo, de cada ermita,
de cada santuario, de cada santo, etc., hasta encontrar
analogías y semejanzas con los vestigios de la
religión astral pirenaica.
Al
igual que en su día los sincronismos que reflejan
los crp de Pagolleta dieron un vuelco al estudio sistemático
que se venía haciendo, el santuario de San Miguel
de Aralar y su entorno podrían servir para definir
cómo se deben considerar los monumentos cristianos
que rodean los límites del crp, a fin de intentar
encontrar las relaciones y las afinidades entre la antigua
y la nueva religión. A continuación, se
dan unas notas sobre el citado san-tuario apuntando
algunos datos objetivos.
Por
ejemplo, la última manifestación de Sirio
la he advertido en San Miguel de Ara-lar, lugar en el
que se encuentra un santuario que, según dicen
data del siglo X, que pade-ció un incendio y
en el siglo XI se procedió a la reforma románica
que hoy perdura. Está orientado en el eje E-O.
Se debe destacar la importancia que el paisaje tuvo
tanto en la construcción del crónlech
como de los monumentos megalíticos, que antecedieron
en nu-merosas cumbres a los santuarios y ermitas que
hoy encontramos. Por ejemplo, la presen-cia a unos 50
kilómetros, más allá de Pamplona,
de lo que parecen dos pirámides: la peña
de Izaga, situada a 119º, y la Higa de Monreal
a 131º. Simultáneamente vemos: Altxueta,
cuya cresta se extiende de 0º a 15º; el pueblo
de Huarte Araquil, sito en el valle del mismo nombre
a 180º; la ermita de Beriain a 191º y en la
misma sierra de San Donato, cuyo borde occidental está
situado a 205º.
El
santuario está emplazado al oeste de una pequeña
campa a cuyo este, a unos 100 metros, hay un templete-capilla
dedicado a la Santísima Trinidad, orientado a
119º hacia la peña de Izaga.
El
crp, como ya se ha dicho, se construyó en un
entramado de líneas N-S, E-O y más o menos
a 120º-300º -en realidad se trata también
del eje de oposición sol-luna solsticiales-,
éste, en primer lugar, en razón de la
salida del Can Mayor y la puesta simultánea del
Cisne. La orientación N-S, viendo el crónlech
como un todo, cuenta con ejes paradig-máticos,
el que está más al oeste arranca de Easo
y cruza el santuario de San Miguel de Aralar, al que
con razón astronómica denominan San Miguel
de Excelsis, camino de Be-riain -Beli-ain, que podríamos
traducir por Señora de las Alturas- en San Donato
-¿de Don-Aton o Don-Utu?, siendo dios Utu, sol
en sumerio-, después de cruzar Huarte Ara-quil,
situado entre Altxueta -Artz-txu-eta, lugar de la Osa
Menor, que luce encima de la montaña, vista desde
San Miguel a la salida de Sirio- . Huarte, evoca Ku-Artz,
Pez-Osa, referidos a Fomalhaut y Las Osas, y parece
nombre acertado para designar el eje N-S.
El
santuario está dedicado a San Miguel probablemente
desde el año 1141. El reta-blo del altar mayor
es una pieza bizantina del siglo XII que fue restaurado
y puesto en el lugar que ocupa en 1765. No hay en él
ninguna alusión a San Miguel. En su centro están
representados en marco con forma de almendra, Santa
María, asentada en el cielo, y el Ni-ño;
al lado de ambos se observan el alfa y omega, símbolos
isíacos de la eternidad y de la creación,
y debajo del alfa una estrella de nueve puntas -¿reminiscencia
del año de tres estaciones?-. A uno y otro lado
de la Virgen y el Niño hay seis figuras en dos
hileras de a tres, sumando en total 12. En la zona superior
del retablo, encima de las doce figuras, hay dieciocho
medallones, que se consideran sólo decorativos,
y uno más en otro color en el centro del retablo
y encima de Santa María y el Niño. Hay
otras figuras que no se comen-tan por entender que apuntan
en la misma dirección que todo el retablo: el
año de 4 esta-ciones, dirigido por una sincrética
Nuestra Señora y el Niño. Las doce figuras
se refieren a los meses del año, divididos en
cuatro trimestres. Los medallones pudieran representar
el ciclo metónico de diecinueve años,
regidos por la isíaca Señora.
  El
mes sinódico tiene 29,5306 días y el año
trópico 365,242 días. La razón
es  365,242
/ 29,5306 = 12,3683 lunas o meses. Es decir que el año
real tiene más de  12
meses y menos de trece, motivo por el que en la Antigüedad
introducían días  de
intercalación al año o un mes cada 'x'
años para acompasar los dos ciclos. De  acuerdo
con la citada razón, al tener el año 12
meses enteros, cada año sobran  0,3683
de mes. Al cabo de 19 años, se produce un déficit
de 0,3683 x 19 =   6,9977,
prácticamente el número entero 7. Por
tanto, intercalando 7 meses cada  19
años,
se equiparan en la práctica los ciclos solar
y lunar. El ciclo de 19 años  fue
introducido en Atenas en el 432 a.C. por el astrónomo
Metón. Según Norman  Davidson
en Astronomy and Imagination, p. 108: "Este ciclo
fue utilizado por los  griegos
para predecir los días en que sus festivales
religiosos, determinados por  las
fases de la luna, debían de ser celebrados. Este
ciclo todavía es utilizado por  las
iglesias de hoy, ... El calendario Cristiano data el
comienzo de sus series   metónicas
en el año 1 a.C." Estos ciclos aparecieron
cuando ya se conocía con  exactitud
la duración de los cursos solares y lunares,
anteriormente, los antiguos  griegos
y los babilonios, calculaban las intercalaciones, generalmente
realizadas  irregularmente,
mediante observaciones astronómicas practicadas
durante   generaciones.
Los crónlechs de Okabe y de Las coronas de la
luna y el hipotético  santuario
original de San Miguel de Aralar, invitan, con la ayuda
del paisaje, oculto  por
los árboles en Las coronas, a pensar en intercalaciones
irregulares sugeridas  por
expertos locales; en tanto que, el retablo de San Miguel,
señala    intercalaciones
oficiales, de acuerdo con el ciclo metónico.
El
retablo rectangular y sus figuras apuntan al 4, aunque
la aparición de la Señora, representada
por el Can Mayor, antes del cristianismo, en la religión
pirenaica, anunciaba el inicio del año de tres
estaciones. Gémino, en el capítulo VIII
de Introducción a los fe-nómenos, da una
idea de los ciclos luni-solares y de las fiestas de
Isis. El lector español cuenta con una buena
versión del librito de Gémino, al que,
en el mismo volumen -nº 178 de Biblioteca Clásica
Gredos- le acompaña Fenómenos de Arato,
otro título conveniente para entender el crp.
En capilla a la derecha del altar mayor, se encuentra
la conocida ima-gen de San Miguel de Aralar que también,
de forma mucho menos explícita, puede indicar
un sincretismo del 4 y el 3.
No
puedo precisar de qué época es el templete
que se encuentra al este del santuario; está
dedicado a la Santísima Trinidad, como indican
la representación del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Tres; y orientado hacia la Peña de Izaga,
119º, en dirección que se pro-longa hasta
la sierra de Leire, salida más o menos de Sirio
y Antares en el primer milenio a.C.
De
la peña de Izaga se habló en Del crónlech
pirenaico (descodificación astronómi-ca
de una religión olvidada), al tratar de los crp
de Ezkain, y en la 2ª entrega de esta web también
al tratar de dicho grupo, con una observación
que apuntaba hacia un Fomalhaut situado en la peña
de Izaga; en tanto que, desde San Miguel es Sirio quien
nacía por la ci-tada peña. Cercana a la
cumbre de la peña de Izaga se encuentra una ermita
también bajo la advocación de San Miguel.
Según
fuentes del Gran Atlas de Navarra, editado por la CAN,
el mayor número de advocaciones entre iglesias
y ermitas de Navarra corresponde a la Virgen con 158,
seguida de San Martín con 93, San Pedro con 78,
San Esteban con 59, San Juan Bautista con 57, San Andrés
con 52, San Miguel con 51, San Bartolomé con
17, San Vicente mártir con 14, Santiago con 13,
hasta completar 175 advocaciones diferentes. Construcciones
que, con otras constataciones, pudiera ser otro cabo
suelto para enlazar el paganismo pirenaico as-tral con
los comienzos de la cristianización. Los historiadores
dicen que no se conoce bien el proceso de cristianización,
aunque dicen debió de avanzar decisivamente durante
el siglo IV. Esta fecha aproximada, dejando de lado
otras facetas históricas, permite suponer que
la religión astral pirenaica estuvo vigente desde
la época de construcción del crp, del
orden de casi un milenio, al que se debe de añadir
otro medio milenio hasta que comienzan a apare-cer las
primeras manifestaciones sincréticas cristianas,
concretadas en analogías de símbo-los
y atributos de dioses, en la similitud de nombres de
dioses antiguos con los de santos modernos, en la creación
de la Trinidad cristiana, en la aceptación del
paso de las 3 a las 4 estaciones, en cambios firmes,
profundos: si un dios importante fue femenino con toda
probabilidad cambió de sexo, hasta alcanzar el
sincretismo máximo, lo que indica la cul-minación
de la cristianización, con la recuperación
del Camino de las Estrellas en el Cami-no de Santiago.
Los
topónimos, de buena parte de los montes que se
ven desde San Miguel, parecen estar inspirados por el
significado astronómico-religioso de éste:
·
Izaga, hoy podría deducirse del vasco Iza-ga,
'sitio de caza'; pero parece más bien que debió
de ser Izar-ga 'sitio de la estrella', en este caso
Sirio y, tal vez también con posi-ble referencia
a Antares en el solsticio hiemal, siguiendo el ejemplo
visto en el eje Pico de Orhi-Okabe-Auza-Peñas
de Aia-Jaizkibel-golfo de Vizcaya.
·
Monreal. Higa de Monreal. La Higa está situada
a 131º de San Miguel de Aralar, a su paso se visualizaba
en su vertical el nacimiento del Can Mayor al completo;
antes de que lo convirtieran en perro para quitarla
del panteón celeste, fue la Diosa Madre astral
pirenaica, a la manera de Astarté, Hécate,
Rea, Isis y un largo etcétera. Desde San Miguel
de Aralar, con respecto a la peña de Izaga y
la Higa de Monreal, se repiten los conceptos vistos
desde Occabé con la ayuda del pico de Orhi. En
Occabé, Sirio nacía en un horizonte singularizado
por el paisaje a la izquierda del Pico de Orhi, donde
se manifestaba el es-plendor de su constelación
ya formada al completarse su pie triangular sobre el
piramidal pico de Orhi. San Miguel propiamente dicho
es Sirio encima de Izaga; en tanto que la dio-sa, la
Señora, la constelación del Can Mayor,
en definitiva, se completaba a su paso por Monreal -¿Amon-Re,
Amon-Rea, casualidades o travesuras semánticas?-.
Para calar en el auténtico significado de aquella
religión habrá que intentar comprender
esoterismos pa-sados.
El
caso es que Occabé y San Miguel de Aralar son
dos cabos de la misma historia capitaneada por Sirio
y su constelación. Occabé es la representación
pagana estelar y San Miguel de Aralar constituye una
representación sincrética del antiguo
culto a la Diosa Ma-dre plasmado en imaginería
cristiana, con aditamentos de otras creencias implícitas
en Oc-cabé. El garante de la historia vuelve
a ser el paisaje: el piramidal Orhi y su entorno vistos
desde Occabé, equivalen a las también
piramidales peña de Izaga e Higa de Monreal vistas
desde de San Miguel, más allá y en línea
con Pamplona; como los Orgamendi de Occabé corresponden
al Artxu-eta de San Miguel.
En
Okabe y en San Miguel, mejor en los ejes pico de Orhi-peñas
de Aia y peña de Izaga/Higa de Monreal-San Miguel
de Aralar, se puede ocultar una efeméride astronómica
que pudo contribuir a la elección de estos emplazamientos
para construir los monumentos que albergan. Se trata
de la oposición luna-sol en los solsticios. En
el solsticio vernal, al orto helíaco de Sirio
el sol salía hacia los 60º por Cáncer,
al anochecer de ese día, el sol en Cáncer
se ponía hacia los 300º, por peñas
de Aia en el caso de Okabe y por San Miguel en el segundo
caso. En alguno de esos días, con el sol todavía
en Cáncer, ocultándose en pe-ñas
de Aia y San Miguel, la luna estaría situada
en un Capricornio acrónico colocado sobre el
pico de Orhi y la Higa de Monreal. En el solsticio opuesto,
en el hiemal, la oposición sol-luna sería
helíaca, se produciría a la salida del
sol en Capricornio por Orhi y la Higa de Monreal, en
tanto que la luna llena estaría en Cáncer
sobre peñas de Aia y San Miguel. Esto no quiere
decir que estos fenómenos celestes fuesen tenidos
en cuenta. Sin embargo, el suponerlo aclararía
unas cuantas cuestiones. En primer lugar sería
una explicación aña-dida a la importancia
que se otorgaron a estos ejes mojonados por montañas
señeras; de otra parte apuntaría a dar
solución, al menos provisional, al significado
del repetido voca-blo Oca u Oka, que, podría
tratarse de la luna llena o de la luna simplemente en
determina-das fechas y posición, así al
decir Okabe, podrían haber estado apuntando a
Oca-Bel, a la luna llena con tratamiento de Bel, que
también parece haberlo tenido el Can Mayor como
parece apuntar el topónimo Jaizkibel, Jaiki-Bel,
Ascensión de Bel, en lugar en el que ve-mos emplazada
una representación del Can Mayor completa. Una
luna llena montada en el pico de Orhi o en la Higa de
Monreal en el atardecer de algún solsticio vernal.
Lo que en definitiva me inclina a esta afirmación
es la posibilidad de que la luna llena vernal sobre
Orhi o sobre la Higa de Monreal pudo haber servido para
paliar, añadiendo días al año o
un mes cada X años, las diferencias anuales de
los ciclos solar y lunar, el primero definido por el
orto helíaco de Sirio y el segundo por la diferencia,
de un año a otro, de la posición de la
luna en el solsticio de verano sobre Orhi y Monreal.
Sobre la cuestión de las intercalacio-nes, Hunger
& Pingree, en Astral Sciences in Mesopotamia -pp.
75-79-, nos dan una idea de cuanto se desprende sobre
el tema en las tablas Mul Apin. Destaco el hecho de
que aunque en Mesopotamia los meses comenzaban con la
luna nueva; pero, para realizar las intercalaciones
del mes decimotercero, utilizaron los días 15,
los de luna llena, sobre los que las tablas Mul Apin
nos dicen: " [...] En el 15 de Nisanu, en el 15
de Duuzu, en el 15 de Tesritu, en el 15 de Tebetu, usted
observa las salidas del sol, el tiempo de visibilidad
de la luna, la aparición de la Flecha -el Can
Mayor, necesitado de explicaciones-, y usted encontrará
cuántos días hay en exceso".
El
núcleo en el que se centró la disensión
entre los partidarios de la religión astral pi-renaica
y el cristianismo, su último reducto, fue el
de la división del año. Los pirenaicos,
entendidos como los seguidores de esta religión,
propugnaban las 3 estaciones, escritas en los cielos
y plasmadas en su geografía mediante monumentos
y topónimos; en tanto que el cristianismo y todo
Occidente habían adoptado la más científica
división en 4. El problema debió de estribar
en que las 3 estaciones provenían de un sistema
religioso profundamente enraizado en la zona, basado
en conceptos religiosos primigenios, como el de la Diosa
Ma-dre, que leían en el cielo y tenían
escritos en el paisaje. Sin embargo, a pesar del sincretis-mo
acordado o impuesto, los partidarios del 3 continuaron
dejando huella oculta allá donde pudieron. El
Camino está lleno de ejemplos y los símbolos
de muchas sociedades secretas apuntan en la misma dirección.
Una de las últimas manifestaciones ocultas de
tal creencia, según opinión personal,
pudiera encontrarse en el conocido juego de la oca,
que en su ver-sión moderna se puso de moda en
tiempos de Felipe II a quien Francesco de Medicis, en
un viaje que realizara a España le regaló.
El juego de la oca tiene sus particularidades, alguna
de las cuales conviene analizar: tiene 63 casillas,
que diría corresponden a divisiones del año,
63 no es divisible por 4 -estaciones- pero sí
por 3, proporcionando 21 casillas a cada estación.
Parece lógico pensar que en las casillas que
señalan el cambio de las esta-ciones encontremos
alguna singularidad relacionada con los incidentes del
juego. Estas casillas, por múltiplos de 3, son
la 21 y la 42. En la 21 no hay nada que altere el juego,
aunque la Posada se encuentra dos casillas antes, en
la 19. En la 42, está el Laberinto. Las medias
estaciones parecen representadas 10 casillas más
delante de la 21 y la 42, por tanto en la 31 y la 52.
En la primera se encuentra el Pozo y en la segunda la
Cárcel. Todo parece indicar, entonces, que realmente
se trata de una división del año en 3
partes que, a su vez, se subdividen cada una de ellas
en 2, totalizando 6. La subdivisión en 3 se podría
simboli-zar con la pata de oca, la de 6 con el crismón
de 6 brazos. Además hay 13 ocas -¿lunas?-,
de oca a oca y tiro porque me toca. En el año
hay 12 lunas de 30 días y 13 de 28 días
-lunas siderales, volviendo a la misma estrella-. Hay
dos formas de jugar, en el modo trascendente sólo
se premian las ocas situadas en las casillas 9, 18,
27, 36, 45 y 54, números que son todos múltiplos
de 9, y por tanto, de 3, y todos suman 9, como las puntas
de la estrella que se encuentra bajo la letra alfa del
retablo de San Miguel de Aralar: 1+8 = 9, 2+7 = 9, etc.
En fin, diría que la Posada no está en
el 21, como correspondería a un cam-bio de estación,
tal vez por tener en cuenta los días de intercalación
necesarios para sincro-nizar los ciclos. La Oca, ¿la
decimotercera luna?, podría ser no una luna llena
cualquiera, sino la luna solsticial cuya posición
servía para añadir días al año
o un mes a determinados años y equiparar los
ciclos luni-solares. Andado el tiempo, se descubrió
que cada 19 años los ciclos lunar y solar se
equiparaban y la luna, el sol y Sirio, en el día
solsticial se ponían en los mismos puntos y,
¿quién mejor que Nuestra Señora
para manejar los ciclos y decidir los días que
se debía añadir? De ahí, los 18
círculos del retablo de San Miguel más
1 de propina diferente en color, LA OCA, a disposición
de Nuestra Señora.
  Esta
provisional luna llena solsticial puesta de manifiesto
en San Miguel,  además
de dar significado al topónimo de Okabe señalando
a Oca Bel confirma  las
intuiciones expuestas en el grupo de crónlechs
de Las coronas de la luna, sito  en
el Valle de Hecho, presentado en la 3ª entrega,
en las versiones española y  francesa,
bajo el nombre de 'La corona de las lunas' debido a
una supuesta   etimología
de la palabra 'corona', que, después, comenzados
a estudiar los   crónlechs
de 'Les couraüs d'Accaüs' en Bilhères-en-Ossau,
se simplificó pensando  que
al igual que en este grupo francés 'courrous'
se refiere a los corros, a los   círculos
en sí, parece coherente que 'las coronas', cercanas
al otro lado de la   frontera,
también se refiriesen a 'los círculos';
en consecuencia, se cambió el   nombre
en la versión en inglés que estaba en
fase de traducción.
  Dicho
esto a modo de explicación del porqué
de las dos nominaciones   diferentes
de este grupo, el significado que se va desvelando bajo
la voz Oca, tan  repetido
en el crónlech y en el Camino de Santiago, rubrica
buen número de   topónimos
de la zona en que se encuentran los 70 crónlechs
del grupo de 'Las  coronas
de la luna', empezando por el bosque que los alberga,
Selva de Oza que  bien
pudo llamarse Selva de Oca, en consonancia con el significado
del grupo.

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