RECAPITULACION A AGOSTO DE 2004

Introducción
Marco geográfico
Astronomía presente en el crp
Religión reflejada en crp
Toponimia
A modo de epílogo
 
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RELIGION REFLEJADA EN EL CRP

La religión reflejada en el crónlech ha sido deducida, del significado astronómico de los grupos de crp y de la toponimia, cuando se observan correspondencias en ambos, y también de los sincretismos que afloran principalmente en el santoral y en el arte corres-pondientes al período de cristianización. Se han encontrado equivalencias con las religio-nes clásicas conocidas y, sobre todo, con las religiones astrales.
El belga Franz Cumont y su obra son referencia solvente en materia de religiones astrales, de ella se puede destacar: Astrology and Religion among the Greeks and Romans, editada en 1912, de fácil obtención en facsímile en algunas librerías de internet, y Las reli-giones orientales y el paganismo romano, editado por Akal Universitaria. La obra de Cu-mont, además de erudita y bien documentada, derrocha sentido común y tiene como obje-tivo fundamental el conocimiento de la verdad. Son opiniones suyas:
· "Babilonia fue la primera en erigir el edificio de una religión cósmica..."
· "Podría considerarse como hecho probado que esta religión astral logró establecer-se en el siglo VI a.C."
· "Las nuevas doctrinas fueron reconciliadas o combinadas con los viejos credos, co-locando la morada de los dioses en las estrellas, o identificando aquéllos con éstas."
· "Una teoría astral del universo no es un pensamiento popular, sino el resultado de un largo proceso de razonamiento especulativo llevado a cabo en círculos restringidos de enterados."
· "Quizás en el esquema de concurrencias de Babilonia llegaron tan lejos como divi-dir el firmamento en países, montañas y ríos, correspondientes a la geografía conocida por ellos."
· "En Grecia la ciencia siempre permaneció laica, en Caldea fue sacerdotal."
La religión que muestra el crp, además de en la toponimia de la que se hablará más adelante, se manifiesta en el significado de algunas estrellas representadas, en la repetida imagen de las dos partes de la Vía Láctea cruzadas por la eclíptica, consideradas puertas de tránsito de las almas según numerosos autores clásicos, como se puntualiza al tratar de los crónlechs de Okabe y en el apartado en castellano de la segunda entrega titulado Retazos para futuros Apéndices (Religión).
La época de construcción del crp -600 a.C.- concuerda con la dada por Cumont para el establecimiento de las religiones astrales.
Las religiones astrales, en cuanto a soporte astronómico se refiere, en un principio debieron de ser imprecisas. El Enuma Elis y El libro de las pirámides manifiestan una cla-ra inspiración astronómica, pero hasta que no llegaron los conocimientos empíricos pro-fundos, no matemáticos todavía, que por ejemplo reflejan las tablas Mul-Apin y la astro-nomía inicial griega de la que hemos hablado, no pudieron existir auténticas religiones celestes. El crp apunta a un entramado astronómico preciso, directamente derivado de los conocimientos de la época en esta materia, en tanto que las religiones de Mesopotamia, de la península de Anatolia, de Asia Menor, de la península Arábiga y de Egipto, algunas de ellas con evidentes connotaciones astrales, dan la impresión de ser anteriores y nacidas de unos conocimientos astronómicos incipientes, a las que con el transcurso del tiempo y la astronomía empírica ya desarrollada se les intentó dar un soporte astronómico ¿científico?, con frecuencia cogido con hilvanes. Así, para equiparar ciertos dioses con estrellas o planetas concretos, en ocasiones los expertos sin llegar a un acuerdo, ofrecen parangones diferentes. En cambio, en la religión astral pirenaica se observa una cognición astronómica superior de la que se deducen conclusiones sucintas.
El origen de la religión astral pirenaica, parece estar en el comienzo del crp -aproximadamente hacia el 600 a.C.- y su declive se debió de iniciar con la dominación romana para terminar con la cristianización y los diversos sincretismos que surgieron, el último de los cuales parece ser la conversión de la antigua peregrinación del Camino de las estrellas en el actual Camino de Santiago. Del orden de mil quinientos años transcurrieron entre el comienzo y fin definitivo de la religión astral pirenaica. Y cerca de mil desde que Roma reconvirtió el viejo credo del último paganismo, el astral, que terminó fundiéndose con el cristianismo. La fusión de esta religión pirenaica con el cristianismo, sólo se está enunciando, y tiene sus raíces hundidas en los aledaños del Pirineo, en su paisaje, en sus ermitas, en las advocaciones de éstas, en las repeticiones, orientaciones, en el románico, en el arranque del Camino, luego en el propio Camino hasta Santiago y Finisterre, etc.
La información sobre la religión astral pirenaica dimana de dos fuentes. La primera, del propio crónlech, procedencia de la que se viene hablando desde el comienzo del estu-dio, como se ha dicho, y la segunda de los restos de aquel paganismo que podemos encon-trar en los monumentos y vestigios cristianos posteriores. Resulta impensable, tras ver el significado del crp, que la elevada muestra de conocimientos y sensibilidad que su cons-trucción supone desapareciese sin dejar rastro. Entonces ¿dónde está esa huella? Se diría que en la toponimia y, de forma más clara, en el santoral cristiano, en las advocaciones de los templos cristianos, en los emplazamientos de éstos, en sus construcciones, altares, ima-ginería, etc., y, como sucede con el crp, se llegará a conclusiones definitivas después de realizar un estudio individualizado de cada templo, de cada ermita, de cada santuario, de cada santo, etc., hasta encontrar analogías y semejanzas con los vestigios de la religión astral pirenaica.
Al igual que en su día los sincronismos que reflejan los crp de Pagolleta dieron un vuelco al estudio sistemático que se venía haciendo, el santuario de San Miguel de Aralar y su entorno podrían servir para definir cómo se deben considerar los monumentos cristianos que rodean los límites del crp, a fin de intentar encontrar las relaciones y las afinidades entre la antigua y la nueva religión. A continuación, se dan unas notas sobre el citado san-tuario apuntando algunos datos objetivos.
Por ejemplo, la última manifestación de Sirio la he advertido en San Miguel de Ara-lar, lugar en el que se encuentra un santuario que, según dicen data del siglo X, que pade-ció un incendio y en el siglo XI se procedió a la reforma románica que hoy perdura. Está orientado en el eje E-O. Se debe destacar la importancia que el paisaje tuvo tanto en la construcción del crónlech como de los monumentos megalíticos, que antecedieron en nu-merosas cumbres a los santuarios y ermitas que hoy encontramos. Por ejemplo, la presen-cia a unos 50 kilómetros, más allá de Pamplona, de lo que parecen dos pirámides: la peña de Izaga, situada a 119º, y la Higa de Monreal a 131º. Simultáneamente vemos: Altxueta, cuya cresta se extiende de 0º a 15º; el pueblo de Huarte Araquil, sito en el valle del mismo nombre a 180º; la ermita de Beriain a 191º y en la misma sierra de San Donato, cuyo borde occidental está situado a 205º.
El santuario está emplazado al oeste de una pequeña campa a cuyo este, a unos 100 metros, hay un templete-capilla dedicado a la Santísima Trinidad, orientado a 119º hacia la peña de Izaga.
El crp, como ya se ha dicho, se construyó en un entramado de líneas N-S, E-O y más o menos a 120º-300º -en realidad se trata también del eje de oposición sol-luna solsticiales-, éste, en primer lugar, en razón de la salida del Can Mayor y la puesta simultánea del Cisne. La orientación N-S, viendo el crónlech como un todo, cuenta con ejes paradig-máticos, el que está más al oeste arranca de Easo y cruza el santuario de San Miguel de Aralar, al que con razón astronómica denominan San Miguel de Excelsis, camino de Be-riain -Beli-ain, que podríamos traducir por Señora de las Alturas- en San Donato -¿de Don-Aton o Don-Utu?, siendo dios Utu, sol en sumerio-, después de cruzar Huarte Ara-quil, situado entre Altxueta -Artz-txu-eta, lugar de la Osa Menor, que luce encima de la montaña, vista desde San Miguel a la salida de Sirio- . Huarte, evoca Ku-Artz, Pez-Osa, referidos a Fomalhaut y Las Osas, y parece nombre acertado para designar el eje N-S.
El santuario está dedicado a San Miguel probablemente desde el año 1141. El reta-blo del altar mayor es una pieza bizantina del siglo XII que fue restaurado y puesto en el lugar que ocupa en 1765. No hay en él ninguna alusión a San Miguel. En su centro están representados en marco con forma de almendra, Santa María, asentada en el cielo, y el Ni-ño; al lado de ambos se observan el alfa y omega, símbolos isíacos de la eternidad y de la creación, y debajo del alfa una estrella de nueve puntas -¿reminiscencia del año de tres estaciones?-. A uno y otro lado de la Virgen y el Niño hay seis figuras en dos hileras de a tres, sumando en total 12. En la zona superior del retablo, encima de las doce figuras, hay dieciocho medallones, que se consideran sólo decorativos, y uno más en otro color en el centro del retablo y encima de Santa María y el Niño. Hay otras figuras que no se comen-tan por entender que apuntan en la misma dirección que todo el retablo: el año de 4 esta-ciones, dirigido por una sincrética Nuestra Señora y el Niño. Las doce figuras se refieren a los meses del año, divididos en cuatro trimestres. Los medallones pudieran representar el ciclo metónico de diecinueve años, regidos por la isíaca Señora.

El mes sinódico tiene 29,5306 días y el año trópico 365,242 días. La razón es 365,242 / 29,5306 = 12,3683 lunas o meses. Es decir que el año real tiene más de 12 meses y menos de trece, motivo por el que en la Antigüedad introducían días de intercalación al año o un mes cada 'x' años para acompasar los dos ciclos. De acuerdo con la citada razón, al tener el año 12 meses enteros, cada año sobran 0,3683 de mes. Al cabo de 19 años, se produce un déficit de 0,3683 x 19 = 6,9977, prácticamente el número entero 7. Por tanto, intercalando 7 meses cada 19 años, se equiparan en la práctica los ciclos solar y lunar. El ciclo de 19 años fue introducido en Atenas en el 432 a.C. por el astrónomo Metón. Según Norman Davidson en Astronomy and Imagination, p. 108: "Este ciclo fue utilizado por los griegos para predecir los días en que sus festivales religiosos, determinados por las fases de la luna, debían de ser celebrados. Este ciclo todavía es utilizado por las iglesias de hoy, ... El calendario Cristiano data el comienzo de sus series metónicas en el año 1 a.C." Estos ciclos aparecieron cuando ya se conocía con exactitud la duración de los cursos solares y lunares, anteriormente, los antiguos griegos y los babilonios, calculaban las intercalaciones, generalmente realizadas irregularmente, mediante observaciones astronómicas practicadas durante generaciones. Los crónlechs de Okabe y de Las coronas de la luna y el hipotético santuario original de San Miguel de Aralar, invitan, con la ayuda del paisaje, oculto por los árboles en Las coronas, a pensar en intercalaciones irregulares sugeridas por expertos locales; en tanto que, el retablo de San Miguel, señala intercalaciones oficiales, de acuerdo con el ciclo metónico.

El retablo rectangular y sus figuras apuntan al 4, aunque la aparición de la Señora, representada por el Can Mayor, antes del cristianismo, en la religión pirenaica, anunciaba el inicio del año de tres estaciones. Gémino, en el capítulo VIII de Introducción a los fe-nómenos, da una idea de los ciclos luni-solares y de las fiestas de Isis. El lector español cuenta con una buena versión del librito de Gémino, al que, en el mismo volumen -nº 178 de Biblioteca Clásica Gredos- le acompaña Fenómenos de Arato, otro título conveniente para entender el crp. En capilla a la derecha del altar mayor, se encuentra la conocida ima-gen de San Miguel de Aralar que también, de forma mucho menos explícita, puede indicar un sincretismo del 4 y el 3.
No puedo precisar de qué época es el templete que se encuentra al este del santuario; está dedicado a la Santísima Trinidad, como indican la representación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Tres; y orientado hacia la Peña de Izaga, 119º, en dirección que se pro-longa hasta la sierra de Leire, salida más o menos de Sirio y Antares en el primer milenio a.C.
De la peña de Izaga se habló en Del crónlech pirenaico (descodificación astronómi-ca de una religión olvidada), al tratar de los crp de Ezkain, y en la 2ª entrega de esta web también al tratar de dicho grupo, con una observación que apuntaba hacia un Fomalhaut situado en la peña de Izaga; en tanto que, desde San Miguel es Sirio quien nacía por la ci-tada peña. Cercana a la cumbre de la peña de Izaga se encuentra una ermita también bajo la advocación de San Miguel.
Según fuentes del Gran Atlas de Navarra, editado por la CAN, el mayor número de advocaciones entre iglesias y ermitas de Navarra corresponde a la Virgen con 158, seguida de San Martín con 93, San Pedro con 78, San Esteban con 59, San Juan Bautista con 57, San Andrés con 52, San Miguel con 51, San Bartolomé con 17, San Vicente mártir con 14, Santiago con 13, hasta completar 175 advocaciones diferentes. Construcciones que, con otras constataciones, pudiera ser otro cabo suelto para enlazar el paganismo pirenaico as-tral con los comienzos de la cristianización. Los historiadores dicen que no se conoce bien el proceso de cristianización, aunque dicen debió de avanzar decisivamente durante el siglo IV. Esta fecha aproximada, dejando de lado otras facetas históricas, permite suponer que la religión astral pirenaica estuvo vigente desde la época de construcción del crp, del orden de casi un milenio, al que se debe de añadir otro medio milenio hasta que comienzan a apare-cer las primeras manifestaciones sincréticas cristianas, concretadas en analogías de símbo-los y atributos de dioses, en la similitud de nombres de dioses antiguos con los de santos modernos, en la creación de la Trinidad cristiana, en la aceptación del paso de las 3 a las 4 estaciones, en cambios firmes, profundos: si un dios importante fue femenino con toda probabilidad cambió de sexo, hasta alcanzar el sincretismo máximo, lo que indica la cul-minación de la cristianización, con la recuperación del Camino de las Estrellas en el Cami-no de Santiago.
Los topónimos, de buena parte de los montes que se ven desde San Miguel, parecen estar inspirados por el significado astronómico-religioso de éste:
· Izaga, hoy podría deducirse del vasco Iza-ga, 'sitio de caza'; pero parece más bien que debió de ser Izar-ga 'sitio de la estrella', en este caso Sirio y, tal vez también con posi-ble referencia a Antares en el solsticio hiemal, siguiendo el ejemplo visto en el eje Pico de Orhi-Okabe-Auza-Peñas de Aia-Jaizkibel-golfo de Vizcaya.
· Monreal. Higa de Monreal. La Higa está situada a 131º de San Miguel de Aralar, a su paso se visualizaba en su vertical el nacimiento del Can Mayor al completo; antes de que lo convirtieran en perro para quitarla del panteón celeste, fue la Diosa Madre astral pirenaica, a la manera de Astarté, Hécate, Rea, Isis y un largo etcétera. Desde San Miguel de Aralar, con respecto a la peña de Izaga y la Higa de Monreal, se repiten los conceptos vistos desde Occabé con la ayuda del pico de Orhi. En Occabé, Sirio nacía en un horizonte singularizado por el paisaje a la izquierda del Pico de Orhi, donde se manifestaba el es-plendor de su constelación ya formada al completarse su pie triangular sobre el piramidal pico de Orhi. San Miguel propiamente dicho es Sirio encima de Izaga; en tanto que la dio-sa, la Señora, la constelación del Can Mayor, en definitiva, se completaba a su paso por Monreal -¿Amon-Re, Amon-Rea, casualidades o travesuras semánticas?-. Para calar en el auténtico significado de aquella religión habrá que intentar comprender esoterismos pa-sados.
El caso es que Occabé y San Miguel de Aralar son dos cabos de la misma historia capitaneada por Sirio y su constelación. Occabé es la representación pagana estelar y San Miguel de Aralar constituye una representación sincrética del antiguo culto a la Diosa Ma-dre plasmado en imaginería cristiana, con aditamentos de otras creencias implícitas en Oc-cabé. El garante de la historia vuelve a ser el paisaje: el piramidal Orhi y su entorno vistos desde Occabé, equivalen a las también piramidales peña de Izaga e Higa de Monreal vistas desde de San Miguel, más allá y en línea con Pamplona; como los Orgamendi de Occabé corresponden al Artxu-eta de San Miguel.
En Okabe y en San Miguel, mejor en los ejes pico de Orhi-peñas de Aia y peña de Izaga/Higa de Monreal-San Miguel de Aralar, se puede ocultar una efeméride astronómica que pudo contribuir a la elección de estos emplazamientos para construir los monumentos que albergan. Se trata de la oposición luna-sol en los solsticios. En el solsticio vernal, al orto helíaco de Sirio el sol salía hacia los 60º por Cáncer, al anochecer de ese día, el sol en Cáncer se ponía hacia los 300º, por peñas de Aia en el caso de Okabe y por San Miguel en el segundo caso. En alguno de esos días, con el sol todavía en Cáncer, ocultándose en pe-ñas de Aia y San Miguel, la luna estaría situada en un Capricornio acrónico colocado sobre el pico de Orhi y la Higa de Monreal. En el solsticio opuesto, en el hiemal, la oposición sol-luna sería helíaca, se produciría a la salida del sol en Capricornio por Orhi y la Higa de Monreal, en tanto que la luna llena estaría en Cáncer sobre peñas de Aia y San Miguel. Esto no quiere decir que estos fenómenos celestes fuesen tenidos en cuenta. Sin embargo, el suponerlo aclararía unas cuantas cuestiones. En primer lugar sería una explicación aña-dida a la importancia que se otorgaron a estos ejes mojonados por montañas señeras; de otra parte apuntaría a dar solución, al menos provisional, al significado del repetido voca-blo Oca u Oka, que, podría tratarse de la luna llena o de la luna simplemente en determina-das fechas y posición, así al decir Okabe, podrían haber estado apuntando a Oca-Bel, a la luna llena con tratamiento de Bel, que también parece haberlo tenido el Can Mayor como parece apuntar el topónimo Jaizkibel, Jaiki-Bel, Ascensión de Bel, en lugar en el que ve-mos emplazada una representación del Can Mayor completa. Una luna llena montada en el pico de Orhi o en la Higa de Monreal en el atardecer de algún solsticio vernal. Lo que en definitiva me inclina a esta afirmación es la posibilidad de que la luna llena vernal sobre Orhi o sobre la Higa de Monreal pudo haber servido para paliar, añadiendo días al año o un mes cada X años, las diferencias anuales de los ciclos solar y lunar, el primero definido por el orto helíaco de Sirio y el segundo por la diferencia, de un año a otro, de la posición de la luna en el solsticio de verano sobre Orhi y Monreal. Sobre la cuestión de las intercalacio-nes, Hunger & Pingree, en Astral Sciences in Mesopotamia -pp. 75-79-, nos dan una idea de cuanto se desprende sobre el tema en las tablas Mul Apin. Destaco el hecho de que aunque en Mesopotamia los meses comenzaban con la luna nueva; pero, para realizar las intercalaciones del mes decimotercero, utilizaron los días 15, los de luna llena, sobre los que las tablas Mul Apin nos dicen: " [...] En el 15 de Nisanu, en el 15 de Duuzu, en el 15 de Tesritu, en el 15 de Tebetu, usted observa las salidas del sol, el tiempo de visibilidad de la luna, la aparición de la Flecha -el Can Mayor, necesitado de explicaciones-, y usted encontrará cuántos días hay en exceso".
El núcleo en el que se centró la disensión entre los partidarios de la religión astral pi-renaica y el cristianismo, su último reducto, fue el de la división del año. Los pirenaicos, entendidos como los seguidores de esta religión, propugnaban las 3 estaciones, escritas en los cielos y plasmadas en su geografía mediante monumentos y topónimos; en tanto que el cristianismo y todo Occidente habían adoptado la más científica división en 4. El problema debió de estribar en que las 3 estaciones provenían de un sistema religioso profundamente enraizado en la zona, basado en conceptos religiosos primigenios, como el de la Diosa Ma-dre, que leían en el cielo y tenían escritos en el paisaje. Sin embargo, a pesar del sincretis-mo acordado o impuesto, los partidarios del 3 continuaron dejando huella oculta allá donde pudieron. El Camino está lleno de ejemplos y los símbolos de muchas sociedades secretas apuntan en la misma dirección. Una de las últimas manifestaciones ocultas de tal creencia, según opinión personal, pudiera encontrarse en el conocido juego de la oca, que en su ver-sión moderna se puso de moda en tiempos de Felipe II a quien Francesco de Medicis, en un viaje que realizara a España le regaló. El juego de la oca tiene sus particularidades, alguna de las cuales conviene analizar: tiene 63 casillas, que diría corresponden a divisiones del año, 63 no es divisible por 4 -estaciones- pero sí por 3, proporcionando 21 casillas a cada estación. Parece lógico pensar que en las casillas que señalan el cambio de las esta-ciones encontremos alguna singularidad relacionada con los incidentes del juego. Estas casillas, por múltiplos de 3, son la 21 y la 42. En la 21 no hay nada que altere el juego, aunque la Posada se encuentra dos casillas antes, en la 19. En la 42, está el Laberinto. Las medias estaciones parecen representadas 10 casillas más delante de la 21 y la 42, por tanto en la 31 y la 52. En la primera se encuentra el Pozo y en la segunda la Cárcel. Todo parece indicar, entonces, que realmente se trata de una división del año en 3 partes que, a su vez, se subdividen cada una de ellas en 2, totalizando 6. La subdivisión en 3 se podría simboli-zar con la pata de oca, la de 6 con el crismón de 6 brazos. Además hay 13 ocas -¿lunas?-, de oca a oca y tiro porque me toca. En el año hay 12 lunas de 30 días y 13 de 28 días -lunas siderales, volviendo a la misma estrella-. Hay dos formas de jugar, en el modo trascendente sólo se premian las ocas situadas en las casillas 9, 18, 27, 36, 45 y 54, números que son todos múltiplos de 9, y por tanto, de 3, y todos suman 9, como las puntas de la estrella que se encuentra bajo la letra alfa del retablo de San Miguel de Aralar: 1+8 = 9, 2+7 = 9, etc. En fin, diría que la Posada no está en el 21, como correspondería a un cam-bio de estación, tal vez por tener en cuenta los días de intercalación necesarios para sincro-nizar los ciclos. La Oca, ¿la decimotercera luna?, podría ser no una luna llena cualquiera, sino la luna solsticial cuya posición servía para añadir días al año o un mes a determinados años y equiparar los ciclos luni-solares. Andado el tiempo, se descubrió que cada 19 años los ciclos lunar y solar se equiparaban y la luna, el sol y Sirio, en el día solsticial se ponían en los mismos puntos y, ¿quién mejor que Nuestra Señora para manejar los ciclos y decidir los días que se debía añadir? De ahí, los 18 círculos del retablo de San Miguel más 1 de propina diferente en color, LA OCA, a disposición de Nuestra Señora.

Esta provisional luna llena solsticial puesta de manifiesto en San Miguel, además de dar significado al topónimo de Okabe señalando a Oca Bel confirma las intuiciones expuestas en el grupo de crónlechs de Las coronas de la luna, sito en el Valle de Hecho, presentado en la 3ª entrega, en las versiones española y francesa, bajo el nombre de 'La corona de las lunas' debido a una supuesta etimología de la palabra 'corona', que, después, comenzados a estudiar los crónlechs de 'Les couraüs d'Accaüs' en Bilhères-en-Ossau, se simplificó pensando que al igual que en este grupo francés 'courrous' se refiere a los corros, a los círculos en sí, parece coherente que 'las coronas', cercanas al otro lado de la frontera, también se refiriesen a 'los círculos'; en consecuencia, se cambió el nombre en la versión en inglés que estaba en fase de traducción.
Dicho esto a modo de explicación del porqué de las dos nominaciones diferentes de este grupo, el significado que se va desvelando bajo la voz Oca, tan repetido en el crónlech y en el Camino de Santiago, rubrica buen número de topónimos de la zona en que se encuentran los 70 crónlechs del grupo de 'Las coronas de la luna', empezando por el bosque que los alberga, Selva de Oza que bien pudo llamarse Selva de Oca, en consonancia con el significado del grupo.

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